El viento traía un olor a pólvora y tierra removida, aunque la guerra aún no
había comenzado.
Rey Potro 07 y Ulises avanzaban por un sendero lleno de polvo y rocas, pero
pronto se dieron cuenta de que habían perdido el rumbo.
—Esto… no es un camino hacia Atenas —dijo Rey Potro, ajustándose las gafas—.
—Ni siquiera se parece a cualquier mapa que haya visto.
Ulises observó el horizonte, el sol reflejando los muros lejanos de una
ciudad fortificada.
—Creo que hemos sido arrastrados hacia Esparta —susurró—.
—Y aquí… la guerra ya se siente en el aire.
El suelo temblaba ligeramente con cada paso de los soldados que patrullaban
los caminos. Caravanas de guerreros entrenaban bajo la mirada vigilante de
oficiales severos, y el sonido metálico de espadas chocando se mezclaba con los
gritos de instrucción.
Rey Potro notó algo más: los soldados no solo eran fuertes, sino
disciplinados, entrenados desde niños para la guerra.
Cada movimiento era precisión, cada orden obedecida sin cuestionamiento.
Era una ciudad diseñada para sobrevivir a cualquier conflicto.
El sol se alzaba sobre un paisaje rocoso y seco cuando Rey Potro 07 bajó del
barco, ajustándose las gafas azules.
Ulises se quedó cerca del casco, revisando cada tabla y vela, asegurándose de
que el barco resistiera los días de viaje y cualquier eventual combate.
Rey Potro caminó hacia la ciudad fortificada de Esparta, donde ya se
escuchaban los ecos del entrenamiento de los soldados. La disciplina era
palpable en el aire: golpes de lanzas, órdenes y gritos de los instructores
resonaban en cada calle y plaza.
Leónidas llevó a Rey Potro por las calles y plazas, mostrando los
entrenamientos: los jóvenes aprendiendo a manejar lanzas, escudos y a moverse en
formación.
—Aquí entrenamos desde niños —explicó Leónidas—. Cada ciudadano es a la vez
guerrero y protector.
Rey Potro observaba fascinado, anotando mentalmente estrategias y técnicas que
podrían ser útiles más adelante.
Cruzaron templos dedicados a los dioses, plazas de mercado y murallas
fortificadas, donde cada torre parecía vigilada por mil ojos.
—La fuerza sin disciplina es inútil —dijo Leónidas—. Aquí cada movimiento tiene
un propósito.
Rey Potro comprendió que Esparta no solo era una ciudad, era un organismo
militar perfectamente sincronizado.
Al caer la tarde, los dos caminaban por la muralla más alta, observando el
horizonte.
Un joven espartano corrió hacia Leónidas, jadeante y serio:
—Mi señor… rumores del norte. Los persas se movilizan.
Leónidas frunció el ceño, cruzando los brazos.
—Entonces nuestra preparación comienza antes de lo esperado —dijo—.
Rey Potro ajustó sus gafas, contemplando la inmensidad del terreno y sabiendo
que su próximo desafío sería estratégico y crucial.



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