LA ODISEA CAP10 - ESPARTA (Hans Zimmer – The Battle)

 


El viento traía un olor a pólvora y tierra removida, aunque la guerra aún no había comenzado.
Rey Potro 07 y Ulises avanzaban por un sendero lleno de polvo y rocas, pero pronto se dieron cuenta de que habían perdido el rumbo.

—Esto… no es un camino hacia Atenas —dijo Rey Potro, ajustándose las gafas—.
—Ni siquiera se parece a cualquier mapa que haya visto.

Ulises observó el horizonte, el sol reflejando los muros lejanos de una ciudad fortificada.
—Creo que hemos sido arrastrados hacia Esparta —susurró—.
—Y aquí… la guerra ya se siente en el aire.

El suelo temblaba ligeramente con cada paso de los soldados que patrullaban los caminos. Caravanas de guerreros entrenaban bajo la mirada vigilante de oficiales severos, y el sonido metálico de espadas chocando se mezclaba con los gritos de instrucción.

Rey Potro notó algo más: los soldados no solo eran fuertes, sino disciplinados, entrenados desde niños para la guerra.
Cada movimiento era precisión, cada orden obedecida sin cuestionamiento.
Era una ciudad diseñada para sobrevivir a cualquier conflicto.

El sol se alzaba sobre un paisaje rocoso y seco cuando Rey Potro 07 bajó del barco, ajustándose las gafas azules.
Ulises se quedó cerca del casco, revisando cada tabla y vela, asegurándose de que el barco resistiera los días de viaje y cualquier eventual combate.

Rey Potro caminó hacia la ciudad fortificada de Esparta, donde ya se escuchaban los ecos del entrenamiento de los soldados. La disciplina era palpable en el aire: golpes de lanzas, órdenes y gritos de los instructores resonaban en cada calle y plaza.



En la plaza central, un hombre imponente destacó entre los demás: musculoso, firme, con la armadura de un rey-guerrero.
Leónidas lo observó acercarse con mirada analítica y grave.

—Bienvenido a Esparta —dijo Leónidas—. Aquí, cada paso, cada decisión cuenta.
—Gracias, mi señor —respondió Rey Potro—. He oído que vuestra ciudad es única.

Leónidas asintió y sonrió levemente:
—Entonces acompáñame. Te mostraré cómo vivimos, entrenamos y defendemos nuestro hogar.



Leónidas llevó a Rey Potro por las calles y plazas, mostrando los entrenamientos: los jóvenes aprendiendo a manejar lanzas, escudos y a moverse en formación.
—Aquí entrenamos desde niños —explicó Leónidas—. Cada ciudadano es a la vez guerrero y protector.
Rey Potro observaba fascinado, anotando mentalmente estrategias y técnicas que podrían ser útiles más adelante.

Cruzaron templos dedicados a los dioses, plazas de mercado y murallas fortificadas, donde cada torre parecía vigilada por mil ojos.
—La fuerza sin disciplina es inútil —dijo Leónidas—. Aquí cada movimiento tiene un propósito.
Rey Potro comprendió que Esparta no solo era una ciudad, era un organismo militar perfectamente sincronizado.

Al caer la tarde, los dos caminaban por la muralla más alta, observando el horizonte.
Un joven espartano corrió hacia Leónidas, jadeante y serio:
—Mi señor… rumores del norte. Los persas se movilizan.

Leónidas frunció el ceño, cruzando los brazos.
—Entonces nuestra preparación comienza antes de lo esperado —dijo—.
Rey Potro ajustó sus gafas, contemplando la inmensidad del terreno y sabiendo que su próximo desafío sería estratégico y crucial.





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