El amanecer no trajo esperanza.
Trajo silencio.
Un silencio extraño… antinatural.
Rey Potro 07 lo sintió antes de que nadie hablara.
Algo había cambiado.
Un explorador llegó herido.
—Mi rey… han encontrado un sendero en la montaña… alguien lo ha revelado.
El nombre cayó como una losa:
Efialtes.
Un espartano rechazado.
Un hombre herido en orgullo.
Había guiado a los persas por un paso secreto.
Leonidas
cerró los ojos un segundo.
No de miedo.
De comprensión.
—Entonces hoy morimos.
Pero lo dijo como quien afirma que el sol saldrá mañana.
Rey Potro sintió el peso del momento.
—Podemos retirarnos… reagruparnos —dijo.
Leónidas negó con la cabeza.
—Si retrocedemos, Grecia cae.
Si resistimos… Grecia despierta.
El Ejército del Imperio
El suelo empezó a temblar.
No por hombres.
Por bestias.
Elefantes de guerra avanzaban entre filas interminables de soldados.
Arqueros levantaban arcos como un bosque oscuro.
Y al fondo…
Una figura dorada.
Jerjes I.
El ejército más grande jamás visto.
Y frente a él…
300 y rey potro
La Batalla Final
Las flechas oscurecieron el cielo.
—¡Escudos arriba!
La lluvia de muerte golpeó el bronce como granizo.
Los elefantes cargaron.
La falange se abrió estratégicamente, dejando pasillos para romper el
impulso de las bestias.
Rey Potro corrió entre patas gigantes, cortando tendones, esquivando colmillos,
ayudando a derribar una de las criaturas.
Pero esta vez los persas no venían solo de frente.
También descendían por la montaña.
Estaban rodeados.
Leónidas lo sabía.
—¡Rey Potro!
Sus miradas se cruzaron en medio del caos.
—Vive para contar lo que aquí ocurrió.
Rey Potro negó.
—No os dejaré.
Pero la batalla no permitía más palabras.
Los Inmortales regresaron.
Arqueros disparaban sin cesar.
El suelo era barro rojo.
El Último Disparo
Jerjes avanzó escoltado, observando desde la distancia la masacre
inevitable.
Leónidas, herido en el costado, tomó un arco persa del suelo.
Rey Potro lo miró sorprendido.
—Incluso los dioses pueden sangrar —susurró el rey espartano.
Tensó la cuerda.
El tiempo pareció detenerse.
Soltó.
La flecha cruzó el campo.
Impactó.
Jerjes retrocedió, herido en el hombro, no mortal… pero humano.
El ejército persa dudó un instante.
Un instante eterno.
La Caída del León
Las lanzas atravesaron a Leónidas.
Una.
Dos.
Tres.
El rey cayó de rodillas.
Rey Potro gritó como nunca antes.
Corrió hacia él, rompiendo formación, golpeando con furia, empujando
enemigos lejos.
Llegó demasiado tarde.
Leónidas lo miró, con sangre en los labios… pero serenidad en los ojos.
—Esparta… no es un lugar.
Es lo que defendemos.
Su mano cayó.
El León de Esparta había muerto.
Rey Potro sintió algo que no había sentido ni contra monstruos ni contra
imperios.
Impotencia.
Rabia.
Tristeza.
No era solo un rey.
Era un mentor.
Un símbolo.
El grito que salió de su pecho no fue humano.
Luchó como una tormenta.
Cubrió la retirada de los pocos aliados griegos que aún podían escapar.
Resistió hasta que el cuerpo no pudo más.
Pero sobrevivió.
Porque la historia necesitaba testigo.
El viento soplaba entre cuerpos espartanos.
El sol se ocultaba.
Los persas no habían ganado el paso.
Pero rey potro sintió que había ganado el espíritu.
Rey Potro se arrodilló junto al cuerpo de Leónidas.
Apoyó su frente en el escudo espartano.
Y juró que su sacrificio no sería olvidado.



Comentarios
Publicar un comentario