La noche después de su victoria olímpica fue silenciosa.
Rey Potro dejó la corona de olivo frente al altar del gran templo en Olimpia.
No dormía.
Meditaba.
Entonces ocurrió.
El cielo se oscureció sin nubes.
El aire se cargó de electricidad.
Un rayo descendió frente al altar, iluminando el santuario.
Entre la luz apareció una figura imponente.
Zeus.
—Has demostrado honor en la guerra.
Has demostrado disciplina en los juegos.
Pero aún no has sido probado por los dioses.
Rey Potro no retrocedió.
—¿Qué debo hacer?
—Viajarás a Creta.
Allí, en el laberinto olvidado… te espera la bestia.
Un nombre resonó como trueno:
—El Minotauro.
Y el rayo desapareció.
Viaje a Creta
El mar estaba agitado cuando Rey Potro embarcó rumbo al sur.
Creta surgió del horizonte como una tierra antigua y misteriosa.
Montañas escarpadas, acantilados blancos y ruinas que parecían susurrar
historias olvidadas.
En el centro de la isla se alzaban los restos del palacio de Cnosos.
Y bajo él…
El laberinto.
El Laberinto
La entrada era una grieta oscura en la piedra.
No había guardias.
No había señales.
Solo silencio.
Rey Potro encendió una antorcha y descendió.
Pasillos interminables.
Muros cubiertos de símbolos antiguos.
Ecos que confundían dirección y distancia.
Cada paso parecía llevarlo más profundo… y más solo.
Un rugido retumbó.
No humano.
No animal.
Algo intermedio.
Emergió de la oscuridad.
Cuerpo de hombre colosal.
Cabeza de toro.
Ojos rojos brillando bajo la antorcha.
El Minotauro golpeó el suelo con fuerza.
La criatura no era solo fuerza.
Era furia pura.
Rey Potro dejó la antorcha caer.
Empuñó su lanza.
No había ejército.
No había falange.
Solo él.
El Minotauro cargó.
La lanza se quebró al primer impacto.
Rey Potro rodó por el suelo, esquivando una embestida que destrozó un muro
de piedra.
No podía vencerlo con fuerza bruta.
Recordó Esparta.
Recordó disciplina.
Esperó el momento exacto.
La bestia cargó de nuevo.
Esta vez, Rey Potro se movió en el último segundo, usando la propia inercia
del monstruo contra él.
La criatura chocó contra un pilar central.
El techo tembló.
Rey Potro tomó un fragmento de lanza roto.
Saltó.
Y lo clavó en el cuello de la bestia.
Un rugido final.
Silencio.
El Minotauro cayó.
La Voz del Trueno
El laberinto comenzó a derrumbarse.
Un rayo iluminó el interior.
Zeus habló una vez más.
—No venciste por fuerza.
Venciste por control.
Rey Potro salió del laberinto mientras la estructura colapsaba tras él.
El cielo de Creta volvió a la calma.
Había superado la prueba.
Pero comprendía algo más:
Los dioses no buscaban un guerrero.
Buscaban un líder.



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