A piedra caliente.
A historia viva.
Pero también olía a algo imposible.
Rey Potro 07 caminaba despacio por un sendero de piedra que parecía existir en demasiados tiempos a la vez. Bajo sus botas, algunas losas estaban nuevas, otras erosionadas por siglos de pasos. Algunas incluso parecían recién colocadas.
Se detuvo.
Respiró hondo.
A su alrededor, Atenas no era una ciudad.
Era toda la Atenas.
Mercaderes gritaban precios en dialectos distintos.
Algunos vestían túnicas simples.
Otros, ropas más elaboradas propias de siglos posteriores.
Un niño corría con una corona de laurel.
Un soldado lo perseguía riendo.
Pero más allá…
Guerreros entrenaban con armaduras que jamás habrían coexistido en la historia real.
Rey Potro 07 ajustó sus gafas.
Las lentes vibraron levemente… como si reaccionaran al mundo que le rodeaba.
—Esto no es natural… —susurró.
Levantó la vista.
La Acrópolis dominaba el horizonte como un faro de mármol y poder.
El Partenón brillaba con la luz del atardecer, dorado… eterno… vigilante.
Rey Potro 07 sintió que el templo lo observaba a él.
Como si supiera quién era.
Como si supiera por qué estaba allí.
—No deberías estar aquí… todavía.
La voz era profunda. Tranquila. Segura.
Rey Potro 07 giró lentamente.
Un hombre con túnica blanca impecable, barba espesa y mirada que parecía medir el mundo entero lo observaba con calma.
Pericles.
No hacía falta que nadie lo presentara.
Su presencia llenaba el espacio.
—Atenas siente que algo se rompe —dijo Pericles caminando hacia él—. El tiempo… la historia… los dioses están inquietos.
Rey Potro 07 lo estudió.
—No soy de aquí.
—Lo sé.
— ¿Y no te sorprende?
Pericles sonrió levemente.
—He aprendido que el mundo cambia cuando debe cambiar.
El viento sopló con fuerza.
Trajo polvo.
Y algo más.
Voces.
Cerca de ellos, un grupo de filósofos discutía.
—La realidad es percepción —decía Platón mientras escribía con rapidez.
—No —respondía Aristóteles—. La realidad es observación.
Sentado en una piedra cercana, Sócrates observaba en silencio.
De repente habló, sin mirar a nadie.
—Los dioses hablan en símbolos…
—Y hoy… hablan fuerte.
Rey Potro 07 sintió un escalofrío.
Un temblor recorrió el suelo.
Pequeñas partículas de polvo cayeron del Partenón.
La gente alrededor miró al cielo.
Rey Potro 07 también.
Y entonces lo vio.
Solo un instante.
Reflejado en el mármol blanco del templo…
Un caballo de madera gigantesco.
Parpadeó.
Desapareció.
Su respiración se aceleró.
—Troya… —murmuró.
Pericles lo miró con atención.
—Interesante… —dijo—. Nadie ha mencionado ese nombre hoy.
Rey Potro 07 no respondió.
Porque en ese momento… sus gafas vibraron otra vez.
Más fuerte.
Como si reaccionaran a algo que aún no había ocurrido.
—Necesitamos ayuda —continuó Pericles—. Esparta se mueve.
—Y Troya… no debería existir ahora mismo.
El sol empezaba a caer.
Las sombras del Partenón se alargaron, cubriendo Atenas como dedos gigantes de piedra.
Un cuerno sonó a lo lejos.
Un mensajero espartano entraba en la ciudad.
Su armadura estaba cubierta de polvo.
Su rostro… de urgencia.
La multitud empezó a abrirse.
El mensajero gritó:
— ¡Noticias del norte!
— ¡Se preparan para la guerra!
El silencio cayó sobre la plaza.
Rey Potro 07 sintió algo dentro de su pecho.
No miedo.
Responsabilidad.
Sócrates lo miró directamente por primera vez.
—No estás aquí para mirar…
—Estás aquí para influir.
Rey Potro 07 apretó la mandíbula.
Miró al Partenón una vez más.
Y supo…
Que Grecia no era pasado.
Era presente.
Y tal vez…
Futuro.
El viento volvió a soplar.
Trajo consigo arena…
Sal…
Y el eco lejano de un mar que olía a guerra.
Troya lo esperaba.
Aunque aún…
Nadie lo sabía.


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